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Hermanos Maristas

Marcelino Champagnat fundó, el 2 de enero de 1817, en la Valla (Francia), un Instituto religioso laical, o Instituto religioso de hermanos, con el nombre de Hermanitos de María. Él lo concebía como una rama de la Sociedad de María.
La Santa Sede lo aprobó en 1863 como Instituto autónomo y de derecho pontificio. Respetando nuestro nombre de origen, nos dio el de Hermanos Maristas de la Enseñanza (F.M.S.: Fratres Maristae a Scholis).

 
Los hermanos maristas somos hermanos consagrados a Dios, que seguimos a Jesús al estilo de María, que vivimos en comunidad y que nos dedicamos especialmente a la educación de los niños y de los jóvenes, con más cariño por aquellos que más lo necesitan.

Somos más de 3.500 hermanos, diseminados en 79 países de los cinco continentes. Compartimos nuestra tarea de manera directa con más de 40.000 laicos y atendemos cerca de 500.000 de niños y jóvenes. En la Provincia de América Central nos encontramos en Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Puerto Rico y Cuba. Además en Honduras se encuentran los hermanos de la Provincia de Compostela.


El itinerario marista comprende las siguientes etapas: discernir la vocación, postular el ingreso en comunidades de formación, vivir un tiempo de noviciado que culmina con la profesión de los votos o compromisos, proseguir un período de formación académica para las tareas que se desempeñarán en los años sucesivos e iniciar de manera directa su dedicación a los niños y jóvenes en las más diversas situaciones, consciente de que su servicio constituye un valor inestimable.

 

Necesitamos hermanos y hermanas...

 
Marcelino Champagnat, consciente de las carencias de la juventud y asaltado por numerosas peticiones procedentes de muchos lugares diversos, llegó a exclamar “Necesitamos hermanos”. Hoy, en un nuevo contexto social y eclesial, pero con las mismas urgencias, Marcelino repetiría su deseo ampliándolo: “Necesitamos hermanos y hermanas, hombres y mujeres, religiosos y laicos, profesores, animadores de grupo y cooperantes... que quieran vivir el proyecto de la fraternidad”. Este imperativo de Marcelino recoge las palabras de Jesús: “La mies es mucha y los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies, para que envíe operarios”.

 

Solidarios con los más pobres

 
Marcelino rompe los esquemas de la época cuando se esfuerza por conseguir la igualdad de oportunidades: “He comprendido la urgente necesidad de crear una sociedad que pueda dar a los niños de los pueblos la buena educación que otras Congregaciones dan a los de las ciudades, pero con coste inferior”. El último Capítulo General proclama: “Nos sentimos llamados a insistir en la solidaridad como dimensión esencial de nuestra educación y a poner nuestras obras al servicio de los pobres. Porque, hoy más que nunca, aumenta el número de pobres y marginados a los que no se les anuncia el evangelio, nos sentimos llamados a recrear la experiencia Montagne por fidelidad a Cristo y a Marcelino, a educar en solidaridad y para la solidaridad como poderoso instrumento de evangelización”.

 

Compartir la misión

 
Los carismas de los fundadores se han entendido como un don para el Instituto que han creado. Hoy, desde una visión eclesial nueva, los carismas se conciben como un don para la Iglesia. La espiritualidad y la misión de Marcelino no es una exclusiva de los hermanos, sino que se abre a todas aquellas personas, hombres y mujeres, que quieren plasmar en su vida los valores maristas, que quieren participar, cada uno desde su lugar, del proyecto fundacional de Marcelino. Los hermanos tienen un sentido especial, pero hoy comparten su espiritualidad y su misión con muchos jóvenes animadores, con profesores y profesoras, con el Movimiento Champagnat de la Familia Marista, con tantos otros que ven en el itinerario de Marcelino una invitación a realizar su propio camino de crecimiento humano y espiritual.

(tomado de www.champagnat.org)